lunes, 31 de agosto de 2009

El Viejo Rumildo (Cuento)


La suave brisa bajó somnolienta de las altas montañas, meciéndose en la copa de los árboles que la recibieron con agrado y placer. Siguió bajando por la verde hierba y se coló por entre los grandes ventanales, hasta llegar a lo más íntimo de las habitaciones.

         Rosa María, sintió en lo más profundo de sus huesos un golpe helado que la hizo temblar de pies a cabeza. Aún bajo los efectos del sueño, encogió su cuerpo en forma fetal, tratando de huir del terrible frío que la envolvía. Inútilmente trató, una y otra vez, de acomodarse en el reconfortante colchón en busca del perdido sueño, pero la helada brisa se le incrustó tan adentro que le fue imposible regresar al mundo de fantasía en el que había estado minutos antes.

         Más allá de los ventanales, asomaban los primeros albores del día. La noche se despedía nostálgica de la espesa neblina que cubría el hermoso paisaje andino. Los rosales despertaron con la llegada de la luz y el color rosa hizo contraste con el verde de la montaña.

         Rosa María bostezó largamente, buscó sus cotizas debajo de la cama y se levantó. El negro pelo, suelto y revuelto en los brazos de la noche, le llegaba hasta la altura de las caderas. Blanca, cejas pobladas y ojos profundos. Labios rosados como la misma rosa y que se mantenían vírgenes como las montañas más altas del pueblo.

         Medio dormida se dirigió al patio trasero de la vivienda, abrió la puerta y sus ojos no resistieron el resplandor del sol de aquella mañana. Se cubrió la cara con las manos como tratando de ocultarse de los ataques inclementes de los rayos solares y así se encaminó hacia el fregadero, donde consiguió su acostumbrado cepillo dental. Agarró el tubo de la pasta y llenó por completo las cerdas del cepillo, rosado como sus mejillas.

         Una vez terminada la mecánica labor del lavado de los dientes, se enjuagó el rostro con el agua fría que salía del grifo repitiendo la acción en varias oportunidades y dando saltos cada vez  que sentía el agua congelada en la cara. Secó su rostro con la vieja toalla verde, regalo de un cumpleaños muy lejano y fue en busca de un café caliente en la cocina.

El viejo Rumildo se despertó asustado creyendo que una culebra estaba entre las mugres sábanas, pero en realidad, era una rata que se había atrevido a pernoctar en su lecho en busca de un poco de calor. Al descubrirla, la agarró por el cuello y la estrelló contra las paredes de barro. La cabeza explotó en mil pedazos dejando una mancha rojiza al lado de un destartalado almanaque de hacía 40 años atrás. Sonrió con malicia al ver el cruel espectáculo y el cuerpo decapitado que aún se movía en el piso como en busca de su parte superior. Por fin dejó de moverse y Rumildo mostró nuevamente los dos pedazos de dientes que le quedaban en las encías.

         Se levantó pesadamente del viejo catre y su figura deforme se mostró por completo a la luz de la mañana. Una inmensa joroba lo arqueaba de manera grotesca haciéndolo parecer como una criatura infernal. Dio dos o tres pasos, abrió la puerta de lata del rancho y se deleitó con la suave brisa que le pegó en el rostro. El sol ya estaba en lo alto y la tranquilidad del pueblo se observó a lo lejos. No había nada de comer en el rancho esa mañana y decidió emprender camino al pueblo en busca de algún alimento. Generalmente lo hacía cada mañana, tocaba las puertas de las casas donde era conocido y las amables señoras le daban algo de comer. Subía nuevamente a la montaña, se encerraba en el rancho y entonces disfrutaba de la comida recogida y de la soledad. Esa rutina la había repetido desde tiempo inmemorial. Se decía que Rumildo había sido abandonado en la puerta de la iglesia del pueblo apenas había  nacido. Su madre, al observar que tenía el rostro y el cuerpecito deforme, decidió dejarlo allí para que alguien lo recogiera y viera de él, pero fue el cura quien lo encontró envuelto en un saco de papas y lo puso al cuidado de unas hermanitas españolas que habían llegado al pueblo días antes.

         Con el tiempo, su cuerpo se fue arqueando cada vez más y la joroba se hacía más pronunciada, dándole un aspecto realmente repugnante. Ante la burla continua de los jóvenes del pueblo que le gritaban cada vez que pasaba por las calles decidió un día irse a lo alto de la montaña, lejos de la gente, lejos de los maltratos, lejos de las personas normales que nunca lo aceptaron como tal. Fue fabricando un rancho de barro y latas y allí se había quedado, alimentándose de papas y de las frutas que conseguía en los alrededores. Pero con la carencia de comida fresca, se vio obligado a bajar al pueblo en busca de alimentos y así lo había hecho durante muchos años, cada mañana, después de levantarse del mugriento catre.

         Rumildo llegó al pueblo, caminó lentamente por las calles empedradas, pasó frente a la iglesia donde un día lo habían dejado envuelto en un saco de papas y recordó con nostalgia a las hermanitas que lo criaron. Tocó a la puerta de una de las casas cercanas a la iglesia y quedó deslumbrado con la belleza de Rosa María, quien había respondido al llamado casi en forma inmediata.

         Rosa María también se sorprendió y no pudo disimular un pequeño ¡oh! de susto ante la cruel figura que estaba en la puerta. Aunque lo conocía desde hacía muchos años y sabía quien era, nunca lo había tenido tan cerca de su rostro como aquella mañana.

         El jorobado Rumildo tampoco había visto en su vida tan semejante belleza en el pueblo y sintió como un escalofrío que le recorría todo el cuerpo, pero luego reaccionó y dijo con voz temblorosa:

         -Perdone señorita, no quise asustarla, pero si usted se apiadara de mí y me consiguiera algo de comer, se lo agradecería...

         -¡Oh, claro!. No se preocupe buen hombre, le conseguiré algo de comer que tengo en la cocina. Espéreme sólo unos minutos y ya se la traigo.

         Rosa María fue corriendo a la cocina en busca de los alimentos para Rumildo, recogió varios panes y arepas, algo de carne asada que había quedado de la noche anterior y bastante arroz. Echó todo en una bolsa plástica y se lo llevó al hombre que tanto miedo inspiraba a los niños del pueblo.

         Rumildo tocó las puertas de otras casas más en la cuadra y cuando hubo recogido suficiente de comer emprendió el camino de regreso a la montaña. Siempre trataba de hacerlo rápido de manera de no encontrarse en la calle con los muchachos mayores que le tiraban piedras y se burlaban de él diciéndole cosas feas e imitando sus grotescos movimientos al caminar.

        

         Durante una semana estuvo Rumildo tocando a la puerta de Rosa María, y cada mañana, ella, muy servicial, le entregaba la bolsa plástica con los alimentos. Ya se estaba haciendo una costumbre para la hermosa muchacha guardarle las sobras de la comida al pobre deformado e incluso, le estaba tomando un cariño muy especial, o quizás en el fondo, como a veces pensaba, era que le tenía una inmensa lástima al hombre jorobado.

         Pero una mañana, Rumildo no tocó a la puerta y Rosa María tuvo que echar la bolsa plástica al pipote de la basura. Pasaron dos días más y Rumildo no daba señales de vida. Rosa María decidió entonces subir a la montaña para tratar de localizar al hombre. A pesar de los reproches de su madre, la joven se empeñó en subir para averiguar qué le había pasado al jorobado.

         _A lo mejor está enfermo y no puede bajar a buscar la comida, -dijo Rosa María a su madre-.

         _No seas tonta niña. Tú no te imaginas el peligro que significa ir a buscar a un  monstruo de esa naturaleza.

         _¡Mamá, por favor! El no es un monstruo. Es un ser humano igual que nosotros. Que tenga la desdicha de tener malformaciones en el cuerpo no quiere decir que se coma a la gente.

         _¡Ay hija! Por algo será que Dios lo castigó de esa forma. Quién sabe qué bicho malo se esconde en ese cuerpo deforme.

         _De todas maneras, pienses lo que pienses, voy a ir a buscarlo.

         Y dicho esto, Rosa María salió de la casa con rumbo a la montaña en busca de su amigo, el jorobado Rumildo.

 

         Fue la última vez que la madre vio a Rosa María con vida. Cuando el sol cayó en el ocaso y las tinieblas de la noche se apoderaron del pueblo, la madre de Rosa María avisó de la desaparición de su hija en la Prefectura. Con lágrimas en los ojos y sin casi poder controlar los nervios, explicaba una y otra vez al Prefecto que Rosa María había salido en horas de la mañana en busca del jorobado Rumildo y que desde entonces no se tenían noticias de la joven.

         Se inició de inmediato una búsqueda en plena montaña, tomando como referencia el rancho de Rumildo. Este negó rotundamente el haber visto a la muchacha, pero en el fondo, nadie le creía. Se revisó el rancho de cabo a rabo; se buscaron indicios de violencia ante la propuesta de alguien que dijo que a lo mejor el deformado la había violado y matado, pero no se encontró absolutamente nada.

         No habían pruebas de que Rumildo hubiese cometido un crimen y todo parecía normal, hasta que pasaron tres días de búsqueda incansable y el cuerpo de Rosa María apareció completamente destrozado a la orilla de una quebrada.

         El informe del forense fue muy preciso y terrible: amputación de las dos manos con arma filosa, presumiblemente un machete; amputación de ambos pies con el mismo tipo de arma; corte profundo en el cuello que le produjo la muerte casi instantáneamente; rastros de violación y traumatismos generales en el cuerpo; la cara presentaba hematomas como si alguien se hubiese ensañado a golpes con ella utilizando un objeto de fuerte consistencia.

         El panorama era terrible, el cuerpo presentaba grandes signos de descomposición y los animales ya habían hecho de las suyas en los tres días que duró a orillas de la quebrada. Había sido cubierto sutilmente con monte y troncos viejos, pero los animales habían removido todo aquello en busca de alimentación.

         La indignación se convirtió en ira. La madre de Rosa María se desmayó al ver a su hija en semejante estado y estuvo casi un mes sin reconocer a nadie. Llamaba una y otra vez a Rosa María cantando una cancioncita que decía: «Corre, corre, que Rumildo el jorobado te va a alcanzar... Corre, corre que Rumildo el jorobado te va a matar...».

         Cuando en el pueblo se enteraron del asesinato de la hermosa joven, grupos armados de hombres y mujeres se reunieron en la Plaza Bolívar pidiendo justicia, pero alguien, machete en mano, se subió al pedestal de la estatua de El Libertador de América y gritó con voz ronca: «Hay que matar a ese jorobado. El es el único asesino.» Y la turba enardecida gritó que fueran a buscarlo para colgarlo de un árbol.

         _En este país no hay justicia para el pobre, dijo el mismo hombre, empuñando su machete. Si esperamos que la justicia se cobre la muerte de Rosa María nunca habrá culpables, así que vamos a buscar a ese monstruo y matémoslo de una vez.

         El Prefecto no tuvo tiempo de detener a nadie. Todo el mundo estaba alterado y la rabia se apoderaba de cada uno de ellos como si fuera un virus que se propagara rápidamente dentro de sus cabezas.

         La turba emprendió el camino a la montaña. Rumildo, desde lo alto, observó como un grupo considerable de hombres y mujeres subía montaña arriba empuñando machetes y palos. Sintió el miedo recorrer por cada una de sus venas y el pánico se apoderó de él. Sabía, desde lo más profundo de sus entrañas, que iban por él y decidió huir.

         Comenzó a correr como un loco, tropezaba y caía al suelo, pero no sentía dolor alguno. Su pesada joroba no le permitía mayor acción, pero sabía perfectamente que si lo agarraban, lo matarían. Volvió a caer, pero esta vez tuvo la mala suerte de encontrarse en el suelo una pequeña estaca afilada que estaba de punta y se la clavó por un costado. El dolor fue intenso. Un chorro de sangre brotó como si se tratara del reventón de un pozo petrolero de color rojo y bañó su cara por completo. Un grito desgarrador partió la montaña en dos.

         _¡Dios mío! ¿Qué fue eso?

         _El Diablo que se ha apoderado de estos parajes.   

         _¡Vamos!... ¡Vamos, muchachos!. El asesino está cerca. Ya está dando gritos de miedo. ¡Vamos por ese criminal!

         _No debe estar muy lejos, el grito vino del lado de la quebrada.

         _Sí. Todo asesino siempre regresa al sitio del crimen, dijo el que parecía liderizar el grupo enfurecido.

         Y así fue. Rumildo no pudo levantase más por la herida que había sufrido al caerse en su alocada carrera. Cuando vio al grupo acercarse trató de arrastrarse hasta la quebrada. Prefería ahogarse antes que caer en manos de la enfurecida turba, pero todo el esfuerzo fue inútil. Lo agarraron. Lo primero que recibió fue un fuerte golpe con un palo en la cabeza. El impacto lo dejó abobado. Luego recibió otro por la espalda y los huesos de la joroba traquearon como si se hubiesen partido en mil pedazos. Pero alguien fue más cruel y de un sólo machetazo, le cortó la mano derecha. Una mujer la agarró y la lanzó a la quebrada: «Para que se la coman los animales», dijo.

         Cuando Rumildo agarró el muñón ensangrentado sus pulmones emitieron un fantasmagórico grito que estremeció la sangre de todos sus captores. Todos quedaron en un silencio sepulcral. Las aves emprendieron rápido vuelo y hasta los insectos callaron sus persistentes sonidos. La mano desapareció en la quebrada y un conglomerado de nubes negras cubrió el sol.

         Pero la crueldad no se detuvo. Otro machetazo le cortó la mano izquierda. Con el nuevo grito, vino la lluvia.

         _Tenía que ser el hijo de Satanás, dijo una mujer regordeta que envolvía su cabeza en una pañoleta roja.

         La quebrada se convirtió en un riachuelo de agua rojiza. Colgaron un mecate de un frondoso árbol que estaba en las orillas y lo arrastraron hasta el sitio. Colocaron la soga alrededor de su cuello y entre todos, lo elevaron varios centímetros del suelo. Su cara se contorneó en forma exagerada. Sus ojos brotaron de las órbitas y su lengua grotesca se mostró de un color morado a la vista de todos. El cuerpo se sacudió bruscamente y sus pulmones reventaron.

         Nadie dijo nada. Lo dejaron caer y, luego, como si todos se hubiesen puesto de acuerdo telepáticamente, sin mediar palabras, lo destrozaron a machetazos. El más encarnizado fue Facundo, un joven de unos veinte años, de quien se decía, estaba enamorado en secreto de Rosa María.

         El cuerpo quedó convertido en pedazos de carne sangrante. El mismo Facundo abrió una fosa al lado de la quebrada y allí depositaron los restos. La lluvia seguía cayendo en la montaña; el frío calaba hasta los huesos, pero nadie dijo nada. Un rayo rompió el silencio y explotó en la copa del árbol del crimen. Todo el mundo se estremeció y más de uno se santiguó en forma repetitiva. Todos vieron asombrados como el tronco del árbol asemejaba a una joroba gigante después de caer el rayo.

         _¡Dios mío! Realmente es hijo del Diablo, dijo la mujer regordeta.

         _¡Bien, vámonos!, dijo Facundo, ya nada tenemos que hacer aquí.

         La venganza estaba consumada e iniciaron la marcha de regreso bajo la insistente llovizna.

 

         Estuvo lluviendo días, semanas, meses. La quebrada seguía corriendo con el agua roja. La figura del árbol jorobado se mostraba cada mañana con los primeros rayos del alba, apuntando siempre hacia los techos rojos y nadie se explicaba cómo era posible. Las casas se anegaban de agua roja, era como si el cuerpo de Rumildo siguiera sangrando a borbotones de noche y de día desde aquel nefasto crimen. Todos estaban seguros de que una maldición había caído sobre el pueblo. Rumildo era hijo del Diablo y había asesinado de una manera cruenta a la hermosa Rosa María para tomarse su sangre. Era la misma sangre que ahora no quería irse de la quebrada ni del pueblo.

         Pero una mañana, cuando se había perdido la noción del tiempo, cuando el pueblo se había acostumbrado a tomar del agua rojiza de la quebrada, el cuerpo de Facundo apareció colgado de una viga en el cuarto de su casa. Una nota estaba pegada al pantalón del ahorcado: «Que Dios me perdone y ustedes también, pero yo maté a Rosa María porque no quiso ser mi mujer».

         Todos comprendieron el grave error y el pecado que habían cometido. Sus almas no tendrían paz nunca más, pero Rumildo, desde el lugar donde estuviera su alma en pena los perdonó porque cuando bajaron el cuerpo del suicida, el agua de la quebrada volvió a ser cristalina y la lluvia desapareció. Un rayo cayó en el tronco jorobado y lo derrumbó. La sorpresa fue general. Desde ese mismo día las campanas de la iglesia repicaron sin cesar, todos los días, por el alma de Rumildo.

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